Testimonio de una paciente

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Es complicado hablar de experiencias traumáticas. Es difícil y más aún lo es por estar viviendo en una sociedad donde la competitividad es el pan nuestro de cada día, donde tenemos que ser los mejores y, en muchas ocasiones, podemos tener ojos observadores buscando nuestros errores. Y, cuando eres una persona con diversidad funcional, estas dificultades se incrementan.

Hace un año conseguí pedir ayuda. La situación en la que me encontraba emocionalmente se podía considerar crítica, a mi modo de ver. El fallecimiento de mi padre y una de mis tías materna, el Covid y el hecho de trabajar en el tercer sector y lo que el Covid conllevó en este ámbito, hicieron que mi cuerpo manifestara que ya no podía más.

Cuando llegué a la consulta intenté hacer creer a mi terapeuta que lo único que no podía gestionar eran los duelos. Un consejo os voy a dar a este respecto, si no estáis preparados no digáis toda la verdad, pero tened en cuenta que el hecho de que ocultéis información al terapeuta no quiere decir que este/a no sepa que hay más detrás de esa fachada.

¿Por qué estás aquí? Pregunta clave que hizo que rompiera a llorar y “vomitara” todo lo superficial que oprimía mi pecho. Pero al mismo tiempo, la necesidad de decir “no puedo más” y no es por esto que estoy contando simplemente, iba en aumento. Pero hace falta mucho valor y muchas ganas de mejorar para conseguir expresar lo que ni a las personas más cercanas has dicho nunca. Aunque Isabel, mi terapeuta, ya lo sabía.

Estoy segura de que no soy ni un caso único ni extremo, pero para mí todo lo que he descubierto hasta ahora de mí misma me ha hecho cambiar y mucho, y por suerte, a mejor.

Primeros deberes: no quedarse en casa. Tenía que salir a pasear al menos dos veces al día. Si decides empezar con una terapia porque quieres mejorar has de tener en cuenta que los deberes son de carácter obligatorio y que la terapia duele, y es un dolor diferente al que hayas podido sentir hasta ese momento.

Salía a caminar largos paseos por la mañana y por la tarde, al principio acompañada, no soportaba la idea de estar sola. Y eso que llevaba quince años siendo independiente, pero no podía, el estar sola conllevaba el sentir como si me tragara un túnel sin fondo, era angustioso y un sentimiento de soledad extrema se apoderaba de mí. En esos paseos hablaba mucho de cómo me encontraba, y analizaba lo que me había llevado a ese momento, pero no expresaba lo acumulado, simplemente lo presente. Me he criado con la idea de que pase lo que hay que seguir adelante.

Otro consejo: ante un problema hay que parar, respirar y analizar lo sucedido para continuar sin una piedra más en la mochila.

Y con el paso del tiempo empecé a caminar sola, y en esas caminatas reflexionaba sobre lo que había hecho y hablado en terapia. Y empecé a sacar conclusiones y a conocer partes de mí que estaban ocultas.

Segundos deberes: meditar. Tras pasear y respirar llegó la meditación para unirse a las anteriores. ¿Y quién piensa que meditar es sencillo? Empecé con meditaciones guiadas, pero es muy costoso dejar la mente en blanco y relajarse. Hoy día parece que las agujas del reloj corren como cronómetros y lo de parar no resulta sencillo.

Creo que la técnica que Isabel emplea conmigo se llama PARCUVE, me lo dijo, pero es un dato al que no le puse demasiada atención. No buscaba nombres de técnicas, yo solo buscaba resultados.

Y aquí es donde he de empezar a dar más datos y a ser sincera a la hora de describir cómo llegué a la consulta.

Desde pequeñita sufría rechazo social, nací con malformaciones congénitas y pasé en 27 años, 35 veces por quirófano. Además, a los 14 años sufrí un accidente de tráfico que me dejó en una silla de ruedas temporalmente. Todo esto ya se podrían considerar hechos traumáticos, y yo llegué a la consulta pensando que era mentirosa compulsiva, sin apenas autoestima, con una fachada/ coraza muy pegada a mí, tanto como una segunda piel. Ahora puedo decir que llegué sin conocerme a mí misma, conociendo únicamente la versión de mí que daba al resto del mundo y una pequeña pincelada de lo que yo misma ocultaba. Pero esta última parte tampoco era la real.

Empezamos a “jugar” con cartas. Isabel me facilitó dos tacos de cartas, uno con imágenes y otro con palabras y me dejó que escogiera las que yo quisiera. Creo que cogí alrededor de 50 cartas y las redujimos a 25 y empezamos a analizar cómo yo me veía y cómo creía que me veían los demás.

Y en los paseos que llegaron después de esta sesión reflexioné mucho, sobre todo lo hablado, sobre las ideas preconcebidas que tenía, sobre lo que yo creía verdades certeras e Isabel, a base de preguntas abiertas y argumentos, conseguí que desmontara.

Después apareció mi coraza, y pesaba. Pesaba tanto que no me permitía moverme ni casi respirar. Y es curioso cómo puedes llegar a sentir físicamente lo que es una emoción. Y te enfrentas al miedo, a la incertidumbre. No es bueno para ti lo que tiene, pero es tu zona de confort. En mi caso llevaba 40 años en esa zona de confort que iba a hacer saltar por los aires y transformarla totalmente, necesitaba buscar mi esencia, porque ni yo misma la conocía.

Y de repente la coraza se convirtió en unas preciosas alas que me daban fuerza para volar. Pero no sabía utilizarlas. Y en ese miedo a volver atrás y por no saber utilizar mis nuevas alas para protegerme, me encontré en una situación más vulnerable. Pero no me rendí, seguí adelante.

En ese momento Isabel me dijo “permítete sentir”. Y os preguntareis que cómo es eso de no sentir. Pues yo no sentía. Sí, es cierto que la alegría, el miedo, la tristeza, en general las emociones básicas todo el mundo las siente. Pero una cosa es sentir y otra cuestión es saber gestionar lo que sientes. Mi coraza me hacía masificar todo. Lo bueno era buenísimo y lo malo era terrible y no había punto intermedio. Y empecé a aprender a sentir. Y volvió el miedo y la incertidumbre, pero seguí adelante.

Entonces llegó el momento de reencontrarme con mi niña interior. Y empezamos a hacer sesiones en las que cerrando los ojos y siguiendo las indicaciones que Isabel me daba, debía llegar a un punto incierto que ni ella ni yo conocíamos. Y así llegué a mi casa familiar de mi pueblo, y me vi y me reconocí con pocos años. Y esa niña estaba enfadada, diría que furiosa con mi yo adulto, se sentía desprotegida, abandonada, sola tirada en el suelo… Y conseguí abrazarla y consolarla y que me perdonara y me permitiera avanzar.

Y otra vez los paseos, las reflexiones, ¿cómo había llegado a esa niña? ¿cómo no me había dado cuenta antes? Pero no eran reproches, no estaba haciendo terapia para reprocharme nada, estaba haciendo todo esto para entender, para entenderme, para superar el pasado y avanzar.

Y avancé.

Y me volví a encontrar con otra niña, también en mi casa familiar del pueblo, esta vez no estaba sentada tirada en el suelo, estaba sentada en la escalera, estaba menos enfadada, pero aún tenía mensajes que darme. Y la escuché, y la abracé y sané un poquito más.

Y de todas estas sesiones salía con el pecho cargado por la ansiedad, dolorido, pero como si mi peso fuera como una pluma ligera. Es curioso cómo podemos sentir ansiedad y liberación al mismo tiempo.

He de aclarar que en todo este proceso estaba de baja laboral. Adoro mi trabajo, es vocacional. Pero los trabajos de ayuda necesitan que estemos bien nosotros mismos para ayudar a los demás. Y os voy a contar algo que no conté ni a Isabel, me sentí una impostora, una hipócrita dando consejos y ayudando a los demás cuando yo misma no era capaz de hacer aquello que predicaba.

Y mientras todo esto sucedía se fueron tratando temas laborales, cómo enfrentar el día a día y cómo retomar la vuelta al trabajo. Y volví a trabajar, y llegué como una completa desconocida para todos aquellos con los que trabajaba, compañeros/as y usuarios/as. Todos/as esperaban a la persona que yo era antes y yo no sabía cómo comportarme con mi nuevo yo, tenía que poner límites para cuidarme, pero no sabía cómo hacerlo sin dejar de ser la que era antes. Nada mejor como dejar que el tiempo pase y coloque tus aprendizajes en su lugar.

Recuerdo haber hecho un cronograma de sucesos traumáticos. ¡Ostras! Lo que descubrí ahí. Pero lo más increíble fue el descubrir que no habían sido todos los sucesos traumáticos vividos los que me habían llevado al punto donde estaba, sino la maleficencia y la discriminación de personas muy cercanas y mi deseo de proteger a mis padres al no contarles todo lo que estaba sucediendo. Y me decían cosas muy feas y me las creí y las hice reales y cree una reja profunda que protegía lo más valioso que tenía, mi yo misma.

Y en la última sesión que tuve con Isabel descubrí esa reja y estaba como en una prisión y no dejaba ver muy lejos. Pero cuando conecté con esa reja se separó de mí y me dejo espacio, y me permitió respirar. Y al respirar llegué a verme siendo bebé, en un quirófano, cuando todo era realmente incierto y no se sabía si habría futuro. Y ese bebé “Yo” creó un cordón umbilical conmigo que me transmitía calor y mi yo de ahora sentía frio, mucho frío. Y cuando esperaba que el bebé me regañara como las niñas anteriores, apareció la generosidad, la calma, la valentía y sobre todo el amor, ese bebé me dijo que no me preocupara, que todo estaba bien, que sabía por lo que habíamos pasado y que abriera mi mente y mi corazón porque nos esperaban muchas cosas estupendas en el futuro. No podía dejar a ese bebé, no podía salir de ahí, no podía controlar el frío, ni el calor que me enviaba, no sabía gestionar lo bueno que me decía el bebé de mi misma como sí había sabido gestionar las regañinas de las otras niñas. Fue la terapia más dura hasta el momento, pero también fue la que sembró un antes y un después en mí.

¿Qué cómo ha influido la terapia y las técnicas que Isabel ha empleado conmigo? Es fácil de responder, me están cambiando la vida, en un cambio para mejor. Ahora sé sentir, me relaciono mejor con los demás y, por consiguiente, estoy atrayendo nuevas personas a mi vida que me aportan cosas positivas y están desapareciendo personas tóxicas. Me reconozco, ya sé lo bueno que otros ven en mí, y ahora tengo que continuar para afianzar todo lo que me he conocido y continuar mejorando.

En la mayoría de las ocasiones tenemos miedo a pedir ayuda cuando nuestro “mal” es emocional o psicológico. Son muchos los tabúes que existen a la hora de manifestar procesos depresivos, de ansiedad o estrés, e incluso no reconocemos cuando tenemos trastornos post traumáticos. En cualquier faceta de nuestra vida debemos cuidarnos a nosotros mismos, y yo he aprendido que priorizarte a ti no es egoísta sino inteligente. Si estamos bien tendremos relaciones de mayor calidad, nos sentiremos mejor con nosotros mismos y seremos mejores en todo lo que hacemos.

En este año de terapia en ningún momento he ocultado por lo que estaba pasando y he sido sincera al decir cuál era mi estado emocional. Esto ha conllevado que otras personas cercanas a mí, que estaban en situaciones similares, hayan sido capaces de dar el paso para iniciar también su camino terapéutico y mejorar la situación por la que estaban atravesando. Esto nos puede enseñar que, de una forma u otra, podemos con nuestro ejemplo ayudar a que otros detecten sus dificultades y puedan avanzar y mejorar. Para mí es una gran satisfacción poder ayudar a otros.

Tengo claro que esto es una carrera de fondo y que para llegar a la meta hay que andar un paso tras otro, sin prisa, pero teniendo claro que nos dirigimos a un lugar mejor.

Rocío Ortega López

Paciente

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