REEDICIÓN: MI CUERPO SABE LO QUE YO NO SÉ

Share on facebook
Share on whatsapp
Share on twitter
Share on linkedin

Con la llegada del verano hemos creído interesante reeditar aquellos artículos que, quizás por haber sido publicados muy al principio del blog, han tenido menor difusión. Esta semana os dejamos las reflexiones de nuestra compañera Carolina Durán respecto a la conexión existente entre las vivencias traumáticas y sus manifestaciones en el cuerpo. 

¡Que lo disfrutéis y feliz verano!

 

Si existe un aliado que nos hable con más franqueza y claridad acerca de nuestras vivencias y de nosotros mismos, es nuestro cuerpo. Poner el foco de atención en cómo manifiesta lo aprendido, es imprescindible para entender como enfrentamos la vida, pero sobre todo, es poder contar con el mejor colaborador para entendernos y conocernos en profundidad.

Sabemos que el trauma psicológico es una experiencia modulada por nuestra percepción. Si percibimos que una situación se ajusta a nuestros recursos podremos superarla y aprender de ella por muy compleja que parezca. Por el contrario, si sentimos que no tenemos los recursos suficientes para abordarla, la misma vivencia ocasionará en nosotros un impacto que nos invadirá profundamente. Este daño afectará de forma general a tres niveles, mental, emocional y corporal y de forma específica lo hará alterando la  conexión biológica que existe entre los tres.

En este artículo me quiero centrar en la información que recoge nuestro cuerpo acerca de la experiencia traumática y que hace con ella para expresarla. En muchas ocasiones son los datos más valiosos que tenemos por la cantidad de matices que ofrece, pero sobre todo son realmente valiosos por su veracidad. Ya lo dice en su libro Alice Miller “El cuerpo nunca miente”, en consecuencia a esto, incluir el cuerpo en la terapia es esencial si queremos saber con certeza que le ocurre a la persona. 

Es cierto que, desde una psicología tradicional enfocada en el pensamiento y la conducta, puede resultar algo complejo escuchar lo que nos dice la persona y al mismo tiempo lo que nos dice su cuerpo de ella. Pero si queremos liberarla, no solamente de los recuerdos almacenados en su memoria (que muchas veces se pueden verbalizar) sino además, de aquello que no recuerda que aprendió, tendremos que tener en cuenta este vínculo inseparable entre el cuerpo y la mente para ayudarle a superar la huella inconfundible que deja el trauma en nuestros órganos y en su forma de funcionar.

Si nos adentramos en saber un poco más que es lo que ocurre, es importante explicar el nexo de unión que existe entre el trauma y nuestro sistema nervioso  autónomo (SNA). El SNA está formado por el sistema simpático y las dos ramas (vagal y ventral) del Parasimpático. Como bien explica la Teoría Polivagal de Porges, cuando vivimos experiencias traumáticas, el SNA deja de ser un sistema flexible y protector que activa el simpático o el parasimpático en función de nuestras necesidades, para convertirse en una estructura rígida y dañina de nuestro organismo en la que prevalece, por aprendizaje, la activación de una de las ramas y la inhibición de las demás, perdiendo el organismo, no solo la capacidad de oscilar entre una y otra, también la de frenar la intensidad y el malestar de la activación. Esta rigidez del sistema ocasiona una falta de regulación en nuestro cuerpo que con el paso del tiempo acaba ocasionando numerosas dolencias físicas.

Si un niño aprende en su infancia a estar siempre en alerta, sin saberlo tendrá también siempre activada la rama simpática de su SNA. Esto le mantendrá movilizado y en tensión. Si esta activación no cesa, se activarán otros ejes que ya no liberarán solo adrenalina sino también cortisol, conocida como la hormona del estrés y el cuerpo de ese niño poco a poco ira modificando su postura, se irá volviendo cada vez más rígido y tenso y tendrá mucha dificultad para mantener todas las partes de su cuerpo en quietud. Estará siempre nervioso y angustiado. 

Si el estado de alerta que requieren otras vivencias en la infancia de ese niño, son aún mayores ( es decir, más traumáticas) la rama simpática se desactivará y será una de las ramas del sistema parasimpático, en este caso la dorsovagal,  la que tome las riendas de la situación, desconectando a la persona del entorno para evitarle un sufrimiento mayor, pero ocasionándole un estado de inmovilización o desconexión mucho más dañino todavía. El cuerpo de este niño con el paso de los años se mostrará deprimido y apagado. Cuando funcionamos así, la zona afectada de nuestro cuerpo serán los órganos que hay bajo el diafragma (especialmente los que regulan la digestión) lo que puede ocasionar una respuesta inmune deteriorada, falta crónica de energía y problemas digestivos.

¿Cuál sería la forma de regulación más adecuada? Sin duda, aquella que nos active la rama que nos queda por activar. La llamada rama ventrovagal. Esta rama, que también está ubicada en el sistema parasimpático fomenta los sentimientos de seguridad y conexión, se sitúa por encima del diafragma, está mielinizada (lo que favorece la transmisión de la información de forma rápida y eficaz) e influye en la frecuencia cardiaca, respiratoria y en los nervios de la cara, formando con este recorrido, el sistema de compromiso social. Cuando nos encontramos en un estado de activación vagal ventral, sentimos que estamos en CONEXIÓN. 

Esa conexión es una experiencia placentera y reparadora y sobre todo nos ayuda a recuperar el equilibrio perdido. La energía que se genera aporta curiosidad, sensación de posibilidad, familiaridad, surge la Esperanza y ocurre el CAMBIO. (Teoría polivagal en terapia,  2018). ¿Qué más se puede pedir?  
Entender estos mecanismos y ayudar a identificarlos puede ser todo un desafío en la terapia, pero animar a las personas a confiar en su cuerpo, es ponerle el instrumento de trabajo más idóneo para superar su malestar.

Existen numerosas terapias corporales que ayudan en estos procesos, pero a veces no se trata de hacer grandes ejercicios gimnásticos para descubrir este movimiento interior, basta con saber escuchar, para poder oír. Por mi confianza en la sabiduría del cuerpo y mi creencia de que cada persona tiene la mejor solución a su problema, he confiado muchos años en la Técnica de Focusing o enfoque corporal, donde la persona aprende de una forma amable, segura y sencilla, a mantenerse en esas zonas intermedias que le capacitan, huyendo de aquellas zonas hiperactivadas que tanto le limitan.

La escucha activa, el respeto y la aceptación de lo que nos pasa, es crucial para conocer nuestros mecanismos, para poder trabajarlos en lugar de negarlos o rechazarlos y sobre todo para evitar la angustia de tenerlos. La actitud Focusing facilita la conexión mente, cuerpo y espíritu de la persona, enseñando a comprender cómo interactúan entre sí y cómo es imprescindible vivir desde esa conexión holística que somos. Estar atentos a las sensaciones corporales y a los mensajes que el cuerpo nos envía, nos va diciendo cómo estamos o cómo vivimos ese conflicto y nos ayuda a prevenir consecuencias mayores. (Manual Focusing,  2007)

Cómo siempre digo vulgarmente, la cabeza contiene el órgano más maleducado de nuestro cuerpo, el que irrumpe en nuestra normalidad sin preguntar y el que nos somete como un tirano a sus órdenes (pensamientos) o emociones. También nos engaña, nos distrae y absorbe nuestra energía hasta el límite. En resumen, sobrevive a nuestra costa.. 

El cuerpo se comporta al revés, es educado, generoso, agradecido y nos ofrece el lugar donde más seguro podemos estar, pero sobre todo, nunca nos miente. Si queremos saber la verdad, no dejemos que nuestro cuerpo nos la diga a gritos, si lo hace así, ya vamos tarde. No olvidemos nunca que el cuerpo primero susurra, luego habla y por último grita pero siempre sabe que nos pasó y por eso a él le debemos mucho en nuestro proceso de conocimiento, entendimiento y curación. 

Si tuvimos un trauma o creemos que alguna vivencia nos afectó, nuestro cuerpo nos contará mejor que nadie lo que verdaderamente pasó. 

Para terminar os dejo una cita de Gendlin acerca de las patologías psicológicas tomadas de uno de sus artículo que me gusta especialmente:

“ La enfermedad es vivir en la rutina con valores ajenos,
sin haber estado nunca en contacto
con la vida que fluye dentro de cada uno,
sin haber sentido la complejidad de las propias experiencias,
de donde surgen las alternativas” (1973)

 

 

 

Carolina Durán

Carolina Durán

Licenciada en Psicología; Terapeuta EMDR, Disociación y Trauma; Diplomada en Focusing; Miembro de la AETPS y alumna del Postgrado del Modelo PARCUVE

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

INSCRÍBETE AQUÍ PARA RECIBIR  LOS ARTÍCULOS DEL BLOG