La vergüenza: la necesidad de sentirme invisible

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Quien escribe y lea desde la mirada del título que acompaña este artículo, conectará rápidamente con la vulnerabilidad más profunda que una persona puede llegar a sentir. 
 
Las personas que sienten vergüenza, entenderán perfectamente que un simple comentario o accidental critica puede llevarte al más extremo olvido de un precipicio, con la enorme sensación de sentirte muy pequeño, donde se crea una lucha entre la necesidad de sentirse invisible y desaparecer, y el miedo de no ser visto. Este péndulo emocional marcará el compás oscilante de una vida en la que no puedes explicar la fenomenología de lo ocurrido ni, por lo tanto, poder compartir ese sentir con quienes más te quieren, lo que conllevará un estado de rabia interna o culpa recurrente de sentirse inferior al resto. 
 
Para amenizar esta sensación de soledad, a menudo acompañan estos miedos voces que produce nuestra propia mente que, aunque sabemos que están dentro de nosotros, no sabemos de dónde vienen. Voces que atormentaban el camino pero que ahora puedo entender que son el producto de mi propio lenguaje para tratar de darle un significado a lo que estoy viviendo. Tratan de ayudar a dar un significado, pero me hacen sentirme más vulnerable y asustado.  
sentirse pequeño
Sin embargo, la complejidad emocional se hace más retorcida en un mundo donde naces y creces teniendo que luchar contra la discriminación por tu orientación sexual, colectivo profundamente vulnerable y dañado. El rechazo personal ante la propia orientación sexual puede ser una fuente de sintomatología que multiplican por seis el riesgo de desarrollar una psicopatología en comparación al resto de población y donde un 56% se han sentido agredidos. 
 
Crecer con la sensación de poca valía puede no resultar sencillo en un entorno donde mostrar tu vulnerabilidad no es un referente masculino y donde un inocente “gesto afeminado” conlleva un rechazo frontal y que, por sutil que intente disimularse, se percibe como un bombardeo constante de desprecio. En mi vida adulta, me encuentro con muchas personas que muestran su asombro y aceptación hacia mi persona al conocer a alguien que es  aparentemente normal”. Dentro del mundo LGTB no es ninguna novedad.  Tampoco lo es que el discriminado hace tiempo que se ha convertido en el propio discriminador. En un estudio realizado por Cal Strode, dejaba un dato de que casi el 40 % de los gays que se autodefinia sin pluma afirmaba que los gays con pluma manchan la imagen de los homosexuales en general. Por si esto fuera poco, en las conclusiones de este informe se puede leer que cuatro de cada 10 gays que aseguraba no tener pluma renegaba por completo de la lucha contra la homofobia.
 
Volviendo marcha atrás, la adolescencia supuso toda una explosión de un magma forjado en una sociedad cada vez más complejizada. La supervivencia de esta etapa mediante la regulación emocional y sensación de pertenencia con los iguales será crucial. Sin embargo, las posibilidades de éxito son escasas y ésta vulnerabilidad será percibida por los “fuertes” como fuente y diana de violencia y acoso escolar. El instituto, ese templo de aprendizaje y fuente de inclusión social se convertirá en el mayor infierno jamás vivido. 
 
¿Y que hacemos con nuestra vergüenza? Ocultarla fingiendo en ser alguien que no eres por miedo a ser rechazado, donde acabas desarrollando una fobia interpersonal creciendo con la mirada de sentirte inferior o juzgado por los demás, y desarrollas un alter ego que te aleja de tu propia realidad en la búsqueda de aceptación y pertenencia a cualquier precio. La percepción de poca valía conllevará, sin lugar a dudas,  infringir daño a los demás o hacia uno mismo en forma de ausencia de autocuidado y de exposición a situaciones de riesgo. 
El impulso sexual que se desarrolla a esta edad será vivido justo en la dirección contraria a lo que deberia de ser y el primer amor será enterrado con mucho dolor. 
 
Sin embargo, también descubres fuentes de calma vividas con esperanza. El móvil, una de ellas, supondrá un gran refugio pero, a su vez, abrirá otras vías de comunicación hacia caminos oscuros y desconocidos. 
 
Siguiendo tu propio camino en solitario y, a pesar de intentar construir tu propio marco social (con un esfuerzo desgarrador) para que deje de tener tintes de homofobia, tienes la oportunidad de crecer en una ciudad distinta a la tuya, en un marco donde nadie te conoce y puedes ejercer durante muchos años una profesión de la que te sientes orgulloso. Y es que en mis comienzos, poder ayudar se convirtió en una estructura de protección que no conectara con mi propio dolor.  Los psicólogos debemos de ser personas sanas, equilibradas y disponibles/cuidadores de los demás en nombre de la ciencia y la salud. Otra exigencia más que podemos añadir a una lista sin fin.
 
Sin darnos apenas cuenta, pasamos de vivir en una sociedad donde triunfaba la cultura del sacrificio y esfuerzo sin contemplaciones emocionales, a otra que deriva en la felicidad a través del hedonismo. Una sociedad en la que impera la popularidad y presencia en las redes, la necesidad constante de pertenencia a grupos de tu misma condición sexual (que nunca se tuvo) y la felicidad a través del consumismo de objetos, sustancias o de personas. Relaciones fugaces o experiencias intensas que conecten con estados dopaminérgicos y de activación que simulan una sensación de conexión, de deseo, de estar siendo visto por los demás. El culto al cuerpo, donde asoma ese desarrollado alter ego, basado en la necesidad de sentirnos fuertes  y/o en la de sentirnos aceptados y deseados en el nombre de la masculinidad.  Todo ello aderezado  por una sociedad donde todo sucede muy deprisa, donde no hay tiempo ni para ti ni para los demás,  y que para cuando decides parar y mirar alrededor , conectas con una sociedad ensordecida de banalidad y soledad.
 
Sin embargo, con la madurez de los años, y a través de mi propia experiencia personal y profesional, de la que sigo aprendiendo cada segundo, estoy descubriendo grandes tesoros. Tesoros en forma de pacientes y amigos, a través de los cuales conecto con la esencia y vulnerabilidad que nos hace sentirnos valorados y amados. 
Como tú siempre dices Manuel.. solos no podemos, pero con amigos, sí. Con la familia qué tu eliges crecer cada día… a todos y cada uno de vosotros que os llevo  siempre conmigo y sin distancias, gracias. Gracias a ti Manuel por dar tanto a cambio de tan poco. A mi familia con la que crecí, que siempre están ahí apoyándome en mis decisiones. Y , por último, a ti, a esa persona única que me esta conectando con la oportunidad de sentirme tan especial. A todos y cada uno de vosotros, GRACIAS. 
 
Por último, quisiera añadir que con este testimonio  no pretendo buscar ningún tipo de reconocimiento o compasión. Es un trabajo sobre mi propio avance personal plasmando la dureza de una vida que permita conectar con la de otros con el objetivo de que no se sientan solos. Que puedan tener la esperanza de que con ayuda y un trabajo terapéutico basado en la seguridad y el respeto podemos llegar a crecer y sentirnos iguales al resto. Poder compartir nuestra vida desde otro lugar más amable, con los nuestros, y poder disfrutar con calma lo que es vivir y ser visto… 
 
Y es que tras muchos años en la oscuridad he podido entender que nuestro  abanderado arcoíris simboliza la libertad y el triunfo de al fin poder ser visiblemente amados.. 
 

Manuel Mallorquín Munar
Psicólogo

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