FAMILIA DE ORIGEN DEL TERAPEUTA: EL TRAUMA EN SESIÓN (y II)

IMPASSES O RUPTURAS DEL VÍNCULO
“Una de las cosas que más complican al terapeuta es el poder sostener
la incertidumbre y la fragilidad del vínculo” (Szmulewicz, 2013)


Sin embargo, construir un fuerte vínculo terapéutico basado en la
confianza mutua es de vital relevancia ya que supone acceder a la reflexión
compartida y co-creada entre paciente y terapeuta. Solo así se podrán poner
en contacto los aspectos escindidos de los pacientes con sintomatología severa.
Los ángulos ciegos de la personalidad, en tanto que componen la memoria de
procedimiento, solo pueden ser abordados por la mentalización implícita
(Sáinz, 2017)
Cobra aquí especial relevancia el tema de los impasses o rupturas del
vínculo en la sesión terapéutica o de supervisión en las situaciones difíciles.
Con una probabilidad muy alta harán su aparición de manera frecuente en la
sesión de terapia. La dificultad de mentalización y autorreflexión que la
familia/paciente trae consigo facilitarán los desencuentros y la puesta a
prueba continua de la seguridad del terapeuta. Los impasses ocurren, pues,
cuando el terapeuta no logra comprender y responder adecuadamente a las
necesidades del paciente/familia a consecuencia de una confluencia entre los
principios organizativos del terapeuta y del paciente. Los impasses
terapéuticos pasan a ser ventanas para acceder a los esquemas relacionales
del paciente y no obstáculos para el terapeuta (Safran y Muran, 2013). Es
entonces que los impases terapéuticos mostrarán un patrón relacional en
terapia que coincidirán con los patrones típicos de funcionamiento del
paciente o familia. La posibilidad de deshacer estos patrones patológicos pasa
por la generación de nuevas alternativas de relación facilitadas por un vínculo
fuerte y seguro donde se puedan ensayar con unos finales o resultados
diferentes a aquellos que originaron dichos patrones. Se trata de activar la
capacidad del terapeuta de tolerar y hacer tolerables los sentimientos
dolorosos e inaguantables del paciente.

Y, como señala (Szmulewicz, 2013), la capacidad de perdonarse a sí
mismo del propio terapeuta frente a estas rupturas del vínculo, puede
originar la opción en el paciente de hacer lo mismo. El reconocimiento del
dolor causado, la petición de perdón y el perdón dirigido a uno mismo,
resultarán básicos para el restablecimiento del proceso de terapia

EL TERAPEUTA
Cuando el terapeuta trabaja con familias con estas características nos
podemos encontrar con lo que Joan Cordech (2018) llama “Trauma vicario o
fatiga por compasión” que se define como la traumatización que sufren los
profesionales que trabajan en temas relacionados con la salud de otras
personas, haciéndoles perder eficacia o simplemente contaminando su esfera
privada. Resonar de manera adecuada o la autorregulación del terapeuta
pasa, entre otras, por el desarrollo de dos capacidades. Una de ellas es la
consciencia cada vez más clara de nuestros disparadores. Aquellos sucesos
tanto externos como internos que provocan en el terapeuta alteraciones, tanto
de carácter fisiológico (alteración del sistema nervioso), emocional, cognitivo
y conductual. El darse cuenta de estos disparadores pasan necesariamente por
un análisis de cómo y qué nos afecta de los pacientes con los que trabajamos
que activan resortes más automáticos que reflexivos. La segunda capacidad
está relacionada con el autoconocimiento de nuestras habilidades de
autorregulación. Reconocer cuándo debemos hacer pausas en la sesión para
salir del escenario, tanto física como emocionalmente, el contenido de autohabla que nos sienta bien y disminuye nuestro malestar o incluso cambios de
postura que facilitan y estimulan la capacidad reflexiva (Casas, 2021).
Sin embargo, no solo la intensidad de los síntomas con los que familia
y terapeuta tienen que manejarse, sino también con el aspecto de cronicidad.
Ésta supondrá, la mayor de las veces, un problema de autonomía –
dependencia. La cronicidad hace que la familia lo viva como “un problema sin
fin” (Rolland y Walsh 1994). Estos mismos autores señalan que las coaliciones
y exclusiones emocionales, patrones rígidos de funcionamiento o necesidades
familiares sometidas a las de los pacientes son algunas de las características
de las familias con pacientes con enfermedades de carácter crónico. Sabemos
que en las familias de pacientes psicóticos los niveles elevados de
sobreimplicación podrían ser el resultado de la aceptación ciega por parte del
familiar del estado de enfermo del paciente y, en consecuencia, representarían
su sobredaptación a las dificultades que tiene el paciente de funcionamiento
autónomo.
“Hay pacientes para los que la psicoterapia es una forma de garantizar
unos mínimos que sostengan su salud mental en un estado menos precario.
Tolerar estos procesos sin resultados exitosos es toda una prueba para la
consistencia del profesional” (Sáinz, 2017, p. 224-225).
Hay daños que una vez han sido causados y se han instalado no se pueden
modificar por una nueva experiencia, por adecuada que sea (Saiz, 2017).
Casos graves donde el fallo en las conexiones neuronales o funcionalidad de
algunas áreas cerebrales son irrecuperables. Las respuestas emocionales ante
las experiencias interpersonales durante los tres primeros años de vida
forman lo que Joan Cordech (2018) llama el corazón de nuestro inconsciente
relacional, del conocimiento relacional implícito, de nuestra manera de
comportarse en interacción.
Sabemos que las relaciones interpersonales pueden proporcionar
experiencias de apego que permiten cambios neurofisiológicos a lo largo de
toda la vida (Siegel, D., 2010). Por tanto, los cuidadores (terapeutas y figuras
de apego) seremos los moldeadores del desarrollo cerebral que, estando
genéticamente preprogramado, dependerá de las vivencias que le podamos
ofrecer para restablecer la seguridad de la que carece (Gonzalo, J.L., 2015).
La oportunidad de acompañar al otro trae consigo la responsabilidad de
un (auto)conocimiento y supervisión del profesional como elementos de base.
Sólo así, se podrá cubrir las necesidades básicas de conexión, reparación y
contención, entre otras, que la familia/paciente trae consigo.

BIBLIOGRAFÍA

Ausloos, G. (2005). Las capacidades de la familia. Tiempo, caos y proceso. Barcelona:
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Casas, C. (2021). La familia de origen del terapeuta en sesión. Moviéndonos entre
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Casas, C. y Pérez-Manglano, B. (2015). “Cuando sé dónde estoy y quién soy contigo,
te encuentro más rápido”: Lo transgeneracional del terapeuta familiar”. En
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Coderch, J. (2018) Las experiencias terapéuticas en el proceso psicoanalítico. Madrid:
Agora relacional
Gonzalo, J.L. (2015) Vincúlate. Relaciones reparadoras del vínculo en los niños
adoptados y acogidos. Ed. Desclée de Brouwer. Barcelona
Hernández, M. (2017). Apego y psicopatología: la ansiedad y su origen. Bilbao:
Desclée de Brouwer.
Holmes, J. y Slade, A. (2019). El apego en la práctica terapéutica. Bilbao: Desclée de
Brouwer
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Rolland, J.S. (1994). Families, Illness and Disability. Nueva York: Basic Books.
Safran, J. y Muran, C. (2013). La alianza terapéutica. Una guía para el tratamiento
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Sainz, F. (2017). Winnicott y la perspectiva relacional en el psicoanálisis. Barcelona:
Herder
Shapiro, R. (2010). The trauma treatment handbook. Protocols across the spectrum.
New York: Norton
Siegel, D. (2010) La mente en desarrollo. Cómo interactúan las relaciones y el cerebro
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Szmulewicz, T. (2013).” La persona del terapeuta: eje fundamental de todo proceso
terapéutico”. Rev. chil. neuropsiquiatr. vol.51 no.1 Santiago mar. versión On-line ISSN 0717-9227

 

Carmen Casas García

Carmen Casas García

Doctora en Psicología
Psicóloga Clínica
Terapeuta y Supervisora Familiar
Docente Universitaria de distintos másteres y Cursos de Experto en Psicología
Autora de los títulos:
“La Familia de Origen del Terapeuta en Sesión. Moviéndonos entre familias”.
"Terapia de Autorregulación Emocional para la Reducción de Grasa y Peso Corporal: Predictores de Cambio.”
“Tratamiento del Sobrepeso y Exceso Grasa”.

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