¿El cuerpo lleva la cuenta o “yo soy el cuerpo”?

Share on facebook
Share on whatsapp
Share on twitter
Share on linkedin

 

Hay preguntas que todo terapeuta que ha tratado con trauma se ha hecho. Algunas serían: ¿por qué el mismo paciente me deja integrar partes o procesar unos recuerdos o partes de su vida mientras otras no?, ¿por qué unos pacientes con la misma sintomatología me dejan trabajar con ella y sus recuerdos y otros no?, ¿por qué el EMDR me deja trabajar con trauma simple y no con trauma complejo? ¿por qué el EMDR deja abierto los traumas hasta que se reprocesan con el consiguiente sufrimiento y la hipnosis los cierra de sesión en sesión? Estas dos últimas preguntas se las hacen los que trabajan con hipnosis y EMDR.

Los que trabajamos con trauma nos damos cuenta, tarde o temprano, de que el cuerpo, las emociones y el pensamiento tienen que ver en la respuesta de las preguntas anteriores, así como en el tratamiento del trauma simple y sobre todo en el complejo. Janet descubrió que el trauma disocia la realidad de la persona en partes aparentemente normales (las máscaras) y en partes emocionales.  Van der Kolk teoriza con que el cuerpo lleva la cuenta. Los terapeutas intentamos integrar las partes emocionales y racionales y regular las respuestas emocionales que provocan estas fragmentaciones entre partes. A veces podemos y otras no: la respuesta podría estar en que “yo soy el cuerpo”

Para explicar “yo soy el cuerpo”, voy a contar dos historias que me llevaron a la conclusión de que el trauma nos lleva a la experiencia de que “yo soy el cuerpo”.  La primera es la que me contó una paciente en terapia. Ana (nombre ficticio) me contó que cuando ella era pequeña su madre la felicitaba cuando le crecía el pie. Y que cuando le dejó de crecer empezó a engordar y adelgazar para poder sentir el amor de su madre. A esta historia le he dado vueltas y vueltas durante dos años. 

La otra historia es cómo mi hija de tres años, Marina, cuenta historias sobre ella en tercera persona. “Marina ha pegado a Eva” o “Khun (nuestro perro) ha chupado a Marina y eso no se hace”. Mientras me contaba esto este verano mientras nos bañábamos entendí que estas historias formaban un proto yo o yo primitivo que con el tiempo se fusionaban con el yo. Esta fusión es la que permitiría decir más adelante “yo he pegado a Eva” o “el perro me ha chupado”.

De repente me di cuenta de que lo que le pasaba a Ana es que es que, al no tener historias sobre sí misma, su yo se había fusionado con su cuerpo. Ana no se comunicaba a través de su cuerpo, como normalmente pensamos. No había un yo que utilizaba el cuerpo para comunicarse y una distancia, sino que ella era su cuerpo con las consecuencias que esto acarrea: problemas de cognición, hipervigilancia extrema y la falta de una imagen de sí misma.

El proceso normal de la fusión del yo con el cuerpo de los bebés a la defusión que nos permite tener un yo basado en las historias “normales” es el siguiente:

  1. Tengo un cuerpo y un yo que están fusionados.
  2. Creo historias sobre mí que luego se fusionan con mi yo y que me permiten separarme de la reactividad y la inmediatez de mi cuerpo. Al poder pensar sobre mí en primera persona, mi cuerpo es un instrumento para moverme y conseguir diferentes objetivos (comida, trabajo…). Además, al desacoplarme del cuerpo puedo viajar hacia el pasado o hacia el futuro, mentalizar, desacoplarme y procesar los estados emocionales intensos. Gracias a las historias también puedo tener una forma en el yo que puedo utilizar para no fusionarme con la forma de mi cuerpo.
  3. Genero historias sobre mí como persona querida, competente, social e integrada en el universo. Por ejemplo, de 1 a 7 años, según, mi experiencia, se forma el “me quieren”, esto es seguro, esto no es seguro lo que daría lugar al yo emocional. De los 7 a los 14 se crean el soy bueno en matemáticas, cantando, practicando deporte, etc. es decir: el “yo valgo”. Por último, en la adolescencia los demás me validan, me aceptan, formo parte de un grupo…es decir: el “yo social”.

Si en medio de este proceso de defusión del yo o de creación del yo emocional, social o de valía el niño o la niña es tratado o usado como un objeto, aterrorizado, ignorado o anulado de forma continua no se formará el proto yo y el yo volverá a fusionarse con el cuerpo. Las historias que se cuenta sobre sí mismo serán imposibles de tolerar y al quedar reprimidas o no soportar revivirlas el yo se fusionará con el cuerpo y vivirá a través del cuerpo y no de sus yo historia.

Según me han contado mis pacientes con trauma complejo que empiezan a vivir de una forma más normal, el cuerpo es lo único que tienen. Se comunican a través del cuerpo, pero están desconectados de él. La primera paradoja. Necesitan desacoplarse de él, pero no lo toleran porque es lo único que tienen. Necesitan luz sobre lo que pasó, pero no de golpe porque no podrían soportar todo lo que está oculto. Están ocultos dentro de su realidad cuerpo-yo pero muy pequeños, diminutos y a oscuras.

La solución está en defusionar el yo del cuerpo y para eso nada como el vínculo. El vínculo les permite tener confianza y poder escuchar las historias simples de lo que ocurre con el terapeuta y de sus pequeños cambios, que serán la base para formar ese proto yo con una forma nueva y que le permitirá separase del cuerpo y tener un yo con historias primitivas, pero que pueden ser vividas.

El terapeuta ejerce como esa figura de apego que debió transmitirle historias “normales”. “Eres buena persona”, “Sabes hacer esto”, “no lo sabes hacer, pero puedes aprender”, “te quiero solo porque eres mi hijo…” son las historias que se pegan al yo y forman ese yo primitivo.

El terapeuta, gracias al vínculo creado, puede decir “ahora, puedes decir que no”, “Eres capaz de hacer esto o lo otro” mientras reprocesa los malos recuerdos, paso imprescindible para lograr la defusión, de forma que lo que se consigue en terapia se pueda pegar al proto yo. Y, más adelante, decirle “esta persona te aprecia” “eres valorado y necesitado aquí o allí “. De esta manera se puede formar el proto yo y conseguir la defusión. Llegará el momento que la persona pueda ir sola. Lo más curioso es que cuando esto ocurre, las hipnosis se dan con la misma facilidad que en cualquier persona, deja de haber resistencia.

Esto cuadraría con la teoría de partes. Imaginemos que el yo está fuertemente fusionado con el cuerpo y que las partes intentan fusionarse con el yo. No van a poder, serán repelidas por “yo soy el cuerpo”. Por eso únicamente a veces podemos integrar partes: son áreas de la persona en las que el yo no está fusionado con el cuerpo. Por ejemplo, si la persona tiene un trauma en las relaciones de pareja, pero no en el trabajo, podemos trabajar el área trabajo, pero no podremos integrar ni reprocesar el de la pareja.

La hipnosis es una herramienta fundamental para poder ayudar a los pacientes con trauma complejo. Al trabajar en base a la disociación ayuda a separar el yo del cuerpo y poder fusionarle con las nuevas pequeñas historias que “construimos” con el paciente en terapia y crear así un proto yo. Esta podría ser la explicación de por qué el EMDR no funciona con el trauma complejo.

El EMDR, al trabajar en el doble foco pasado-presente y evitar la disociación, no puede trabajar sobre esta fusión. Además, no trabaja con historias absurdas, irracionales e infantiles que son las únicas que entiende el yo primitivo del paciente con trauma complejo. Ya que estos pacientes son como niños que hay que formar a nivel emocional. Los niños entienden y asimilan mejor las historias con elementos oníricos y la personalización de objetos y animales. En mi experiencia, es la mejor forma de crear ese proto yo y de hacerlo madurar y crecer.

 “Yo soy el cuerpo” explica también por qué a veces podemos hacer integración y otras no con el mismo paciente. Una paciente me dijo que sentía que ella era su madre. Podíamos trabajar los demás asuntos que la preocupaban con normalidad, pero no esta cuestión. La razón, y lo siente así, es que en las demás cuestiones el yo no está fusionado con el cuerpo y la hipnosis transcurre con normalidad, pero cuando tratamos esa cuestión se sentía el cuerpo y funcionaba como un animal. Todo su cuerpo se ponía a trabajar en hipervigilancia y con alta reactividad y no me dejaba entrar. Nos dejó entrar a través de las historias que ahora puede rescatar y que le ayudan a no vivir esa fusión con gran malestar.

Las personas con trauma complejo que no son capaces de establecer confianza con el terapeuta funcionan como animales heridos. Están alertas y su cuerpo es el que manda a través de sus reacciones inmediatas. Al igual que los animales inferiores no se reconocen en un espejo, algo similar les ocurre a ellos. Al preguntarle a una paciente si le sería útil conocer otros casos como el suyo y espejar en sus experiencias en las primeras etapas de su terapia, ella dijo que no. La razón era clara y fue corroborada por ella. Cómo me voy a espejar en nada si no tengo un yo que mirar. De hecho, es bastante común que los pacientes con trauma complejo no se miren en los espejos y no se reconozcan o acepten a nivel de identidad.

Por lo que creo firmemente que cuando el yo está fusionado con el cuerpo nos va a costar trabajar con técnicas racionales o que eviten la disociación y que solo el vínculo y las historias de terapia podrán ayudar a la persona. Lo que he observado es que la hipnosis acelera y ayuda en este proceso.

Este modelo podría ayudarnos como terapeutas a comunicarnos a través de nuestro cuerpo al principio para poder crear este vínculo y no utilizar argumentos lógicos o racionales que poco podrán ayudar a estos pacientes. Además, cuando se lo explicas a la persona se siente comprendida pues entiende lo que le pasa y puede tener más confianza en el terapeuta y en la terapia. Desde este modelo hay que trabajar con técnicas que ayuden a la defusión del cuerpo y del yo, la creación de historias simples que formen el proto yo y crear formas que envuelvan el yo y a las que se puedan fusionar las historias.

Una vez que el ser diminuto empieza a crecer podrá verse en el espejo y que haya algún tipo de reconocimiento. En los casos que mejor funcionen acabarán por normalizar el mirarse o incluso reconocer algo bueno en su reflejo. Esto sería la clave: me reconozco a mí mismo, por fin existo de verdad.

 

Alejandro González

- Psicólogo General Sanitario colegiado M-25884. Consulta privada.
- Experto en hipnosis clínica (UNED)
- Master en Investigación en Psicología (UNED)
- Experto en terapia familiar sistémica (CISAF).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

INSCRÍBETE AQUÍ PARA RECIBIR  LOS ARTÍCULOS DEL BLOG